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El sistema de distribución de agua corriente en su parte más antigua, tiene más de cincuenta años, está construída con caños de cemento y conectados por anillos de goma que no resisten más. Es toda una reliquia. Por eso la red es un verdadero colador y lo que es peor no se sabe la magnitud de los daños y por lo tanto el agua que se pierde no puede ser cuantificada. Nos equivocaríamos y mucho si diéramos un mensaje de que mientras esto no se solucione es de gusto cuidar el agua. Este recurso, que siempre tuvimos a discreción en nuestra ciudad, tiene un valor incalculable a nivel mundial. Los lobenses vimos, con los problemas con la electricidad, la desazón de abrir una canilla y que no salga nada por días. Eso nos tiene que hacer reflexionar acerca de lo que hacemos con el agua. Las poblaciones crecen y los recursos son los mismos o en menor cantidad. Además hay peligrosamente un franco deterioro de la calidad. Por eso hay que comenzar a hablar por primera vez de las fugas de agua que nadie consume. No es fácil ni económico encarar una inversión de esta magnitud, pero siempre es bueno empezar. El problema está, allá, debajo de la tierra y eso no quiere decir que no existe, todo lo contrario, nos está perjudicando y mucho. Los 9 millones de litros por día que vuelcan las bombas de succión no son todos aprovechados. Pongámosle el porcentaje de pérdida que queramos y nos dará una cifra muy grande. Tan grande como el esfuerzo que hay que hacer para resolver el problema. Es hora de comenzar.
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