Tiempo de cosecha E-mail

Sr. Director de La Palabra Dejo a su criterio el lugar que en su periódico tenga a bien conceder a lo que sigue:

El pasado 30 de abril viví un momento mágico. Pude presentar mi libro “Con Cautivo, frente a la vida”. Con él he querido recobrar, cincuenta años después, un capítulo de mi trayectoria como docente rural. La presentación me deparó un genuino sentimiento de reconocimiento a todos quienes de una forma u otra me regalaron esa noche inolvidable.
Pero, no acabó ahí mi alegría. En “La Palabra” del viernes 6 leo una carta enviada por Pedro Storti, un ex alumno al cual no veo desde hace 50 años. Tuve que leer, releer y al fin tomé conciencia de su aparición, de lo grato de sus conceptos, de la verdad que allí expone y de los lindos recuerdos que evoca.
A vos, Pedrito, aquel querido alumno de la Esc. Nº 14 de Navarro que compartió conmigo casi seguro sus 5º, 6º G, te digo que me ha emocionado y gratificado lo tuyo. Es verdad que hubo una maestra María Luisa Diz de Bildostegui, navarrense, jubilada ya que sintió lástima de esos niños sin maestra y remó la actividad por ustedes. Eran tiempos difíciles los de 1951, 52, 53, políticas equivocadas en muchos sentidos privaron de docentes dueñas de ideas muy definidas a numerosas escuelas rurales. Le sucedió Carmen Tejerina, salteña, de carácter fuerte y polémico pero de excelente desempeño en lo suyo. En 1954, llegó Nelly Iride Tamangno (Beba), luego de Cosoli, porteña, quien ejerció como directora y maestra de los 50 alumnos, sola, porque nadie aceptada una estadía en lugar tan desfavorable. A fines de 1956, llegamos entonces con Cautivo. Vivíamos en la casa-habitación las dos durante semanas y semanas sin poder regresar a nuestras casas. Nada lo favorecía. Es verdad que ustedes iban a aprender, a compartir, no perdían un solo momento de clase. Me acostumbraron mal… con el tiempo ese tipo de alumno que devoraba conocimientos, desapareció.
Ustedes hacían tambo y cansados y tal vez poco alimentados en su apuro por llegar a horario cuando las clases se daban de mañana (de septiembre a noviembre), muchas veces los veíamos adormecerse vencidos, acunados por el calorcito del mediodía. En invierno llegaban “duros” de frío, no había estufas. Recuerdo que les hacía hacer cinco minutos de corridas, saltos, palmoteos para que pudieran hacerle frente al trazo fino con el lápiz, la lapicera con pluma cucharita que si no te cuidabas te obsequiaba el desagradable borrón. Si se preparaban tormentas y todo se oscurecía los enviábamos pronto a sus casas, no había luz para seguir en las aulas, y con ello preveníamos trastornos en el regreso a sus hogares.
Las fiestas patrias, sí, eran el día señalado… y “a las 10 hs. en todo el país para que los corazones latieran al unísono…” como obligaba la circular respectiva. Ustedes traían tortas, buñuelos, leche. Nosotras preparábamos el chocolate.
Nunca nos dejaron sin comida si sospechaban que nos escaseaba. De 1959, cuando nos cercó el agua, nunca he olvidado a un niño Storti (vos o uno de tus hermanitos) que a media mañana llegó a caballo y nos tendió una bolsita de tela blanca, impecable (no había nylon aún), diciéndonos: “Señoritas, dice mi mamá que por si les anda escaseando la comida aquí les manda esto para que lo coman con gusto…”. Abrimos la bolsita y un pato prolijamente pelado y eviscerado nos sorprendió gratamente. Teníamos la cocina Istilart encendida todo el día, única fuente de calor en la casita. Adobamos el ave, la horneamos y siempre nos reíamos después porque, a punto a las 11:15 hs. para las 11:40 hs., hora de abrir la escuela, sólo quedaba la fuente como espejo con una montaña de huesitos tiernos bien pelados.
Los niños, sí, nos ayudaban a llenar el tanque del agua que proveía a todo el edificio. Aprendíamos así, todos, a valorar el líquido y racionarlo.
Los niños, sí, eran respetuosos, cariñosos, nos traían de sus casas, verduras, frutas, manteca, quesos y dulce, todo casero. Factura de cerdo que nos permitía colmar la cañita colgada en la cocina con codeguines, morcillas, chorizos, panceta…
Querido Pedrito, no sabés cuánto bien me ha hecho saber de vos.
¿Podré verte en alguno de estos días? Sería un gusto reencontrarme contigo.
Tendría páginas para llenar con tantas vivencias acumuladas entre esa gente tan generosa e inolvidable pero… ha llegado el tiempo de cosecha y sólo  cabe una reflexión: “Ser maestra rural, seguir siéndolo mientras respire, es uno de los regalos más valiosos que me dio la vida.”

 

María Teresa Irigoyen

 

Comentarios 

 
#1 recuerdos 15-05-2011 12:08
Gracias teresita por los recuerdos, y en cuanto a vernos, ya en estos días lo aremos
 

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